Estudiantes de noveno y décimo escalan las alturas para descubrir nuevas vistas de logros personales
Ditta Kasdan
Muchos meses antes, durante una reunión un miércoles antes de meeting, habíamos iniciado a explorar las ideas para una gira de campo. Tendría que retarnos en varios niveles, siempre y cuando fuera realizable dado las restricciones de nuestros fondos. Decidimos con unanimidad que subir los 3000 metros verticales a través de ecosistemas muy distintos a los de Monteverde sería el viaje por el cual trabajaríamos por los siguientes meses.
Recaudamos fondos por medio de ventas de comidas, ventas de «telegramas de galletas» y también vendiendo estrellas de papel dobladas en la Feria Navideña. Además, una presentación sobre Chirripó por Martha Campbell al igual que una donación generosa de la Academia Ambrae de Nuevo Escocia fue indispensable. Con suficientes fondos pudimos establecer una fecha para finales de abril.
Meses de planeamiento cuidadoso culminaron temprano la mañana del 26 de abril, cuando nos estrujamos dentro de tres carros y salimos de Santa Elena en una viaje de siete horas a la base de Chirripó. Nos acostamos temprano para poder levantarnos a las 3:50 a.m., desayunar a las 4:00 a.m. y empezar a caminar a las 5:00 a.m. El entusiasmo y la curiosidad aceleraron los pies de todos esa mañana y sofocaron cualquier quejido. Entonces empezamos los catorce kilómetros y medio que avanzaban de la primera marca del sendero hasta el albergue anidado en un valle 2500 metros más arriba.
Por ocho horas caminamos cuesta arriba a través de terrenos que cambiaban con la elevación. Paramos para meriendas, agua y una oportunidad para renovar nuestra determinación en cada kilómetro. Llegando exhaustos y cortos de oxígeno al albergue, hicimos planes para nuestro final ascenso la próxima mañana.
Nos despertamos a las 2:50 a.m. para iniciar la excursión de cinco kilómetros. Focos guiaron nuestros pasos por medio de la oscuridad hasta el amanecer. El frío extremo, que sorprendió a muchos de los estudiantes, nos forzó a usar múltiples capas de ropa; muchos ostentaban gorras, y algunos de nosotros teníamos medias en nuestras manos. La escarcha brillaba en las luces de los focos, el suelo crujía bajo nuestros pasos. Nuestro paso era lento, nuestra respiración se dificultaba debido al enrarecido aire de altas elevaciones sin oxígeno. El sol salió mientras caminamos; la vista era más grandiosa con cada paso. Descansado antes de afrontar la última trepada hasta nuestra meta, notamos, muy arriba y lejos, parecía, la pequeña bandera de Costa Rica, aleteando en el viento en la cima del cerro Chirripó.
Tomando de nuestras reservas de fortaleza y determinación, trepamos la última cuesta empinada. Uno por uno llegamos a la cima. Algunos estábamos un poco llorosos, algunos cantaron canciones, algunos bailaron salsa y algunos se sentaron en silencio reverente. Habíamos descubierto nuevos paisajes y una nueva capacidad para sobrepasar obstáculos personales para vivir un sueño.
En la cima de Chirripó | on the summit of Chirripó. I–D L–R: Walker Sales, Laura McLaughlin, Tim Sales, Rebekah Lopata, Rusell Lammey, Daniel Lander, Ditta Kasdan, Donnie Lander, José Brenes, Tiffany Lander, Randy Picado, Naomi Solano, Paula Vargas, Antonio Belmar, Rodrigo Solano. [Haga clíck para agrandir | Click to enlarge]
Ninth- and tenth-grade students scale the heights to discover new vistas of personal accomplishment
Ditta Kasdan
Many months before, during a Wednesday morning pre-meeting, we had begun exploring ideas for a fieldtrip. It would have to challenge us on a variety of levels, and yet be feasible given the constraints of our funding. We unanimously agreed that hiking some 3000 vertical metres (over 12,000 feet) through ecosystems very different from Monteverde’s would be the trip we would work towards over the next few months.
We raised funds by means of bake sales and “cookie-gram” sales, and also by selling folded paper stars at the school’s Christmas Fair. In addition, a presentation about Chirripó by Martha Campbell, as well as a generous donation from the Armbrae Academy of Nova Scotia, proved indispensable. With sufficient funds in hand, we were able to set a date for the end of April.
Months of careful planning culminated early on the morning of April 26, when we squeezed into three cars and left Santa Elena for the seven-hour drive to the base of Chirripó. We went to bed early in order to wake up at 3:50 a.m., breakfast at 4:00 a.m., and start hiking by 5:00 a.m. Excitement and curiosity quickened everyone’s feet that morning, and quelled any groans of complaint. So we began the fourteen and a half kilometres that wound from trailhead to the hostel nestled in a valley some 2500 metres higher up.
For eight hours we hiked uphill through stunning landscapes that changed with the elevation. We stopped for snacks, water, and a chance to renew our determination at every marked kilometre. Arriving exhausted and short of oxygen at the hostel, we made plans for our final ascent the next morning.
We awoke at 2:50 a.m. to begin the five-kilometre hike. Flashlights guided our steps through the blackness until sunrise. The extreme cold, which astonished many of the students, forced us to wear multiple layers; many sported hats, and some of us had socks on our hands. Frost twinkled in our flashlight beams; the ground crunched underfoot. Our pace was slowed, our breathing labored due to the rarefied, oxygen-starved air of high altitude. The sun rose as we walked; the vista became grander with each step. Resting before tackling the final climb to our goal, we spotted, high up and still so very far away, it seemed, the tiny Costa Rican flag flapping in the wind on the summit of Cerro Chirripó.
Drawing on our reserves of strength and determination, we clambered up the last steep, rocky slope. One-by-one we arrived at the top. Some of us were teary eyed, some sang songs, some danced the salsa, and some sat in reverent silence. We had discovered new landscapes and a new capacity to overcome personal obstacles in order to live a dream.

